El estrés psicológico
El estrés forma parte de la experiencia humana. Todos, en algún momento de nuestra vida, hemos sentido presión ante una situación difícil, preocupación por el futuro, nerviosismo ante una responsabilidad importante o agotamiento después de atravesar una etapa complicada. En determinadas circunstancias, el estrés puede ayudarnos a reaccionar, mantenernos alerta y afrontar los desafíos cotidianos. Sin embargo, cuando se prolonga en el tiempo, se vuelve demasiado intenso o sentimos que no disponemos de recursos suficientes para hacer frente a nuestras obligaciones, puede convertirse en un problema que afecta profundamente a nuestra salud física y emocional. El estrés no siempre se manifiesta mediante una crisis evidente. En ocasiones aparece de forma silenciosa, a través del cansancio persistente, las dificultades para concentrarse, los dolores musculares, la impaciencia, la preocupación excesiva o la sensación de no poder desconectar nunca. Comprender qué es el estrés, cómo funciona y qué podemos hacer para gestionarlo es fundamental para prevenir sus consecuencias y recuperar el equilibrio psicológico.
Lasai Psicología
10/15/202617 min read


Introducción: cuando la vida se convierte en una fuente constante de presión
El estrés forma parte de la experiencia humana. Todos, en algún momento de nuestra vida, hemos sentido presión ante una situación difícil, preocupación por el futuro, nerviosismo ante una responsabilidad importante o agotamiento después de atravesar una etapa complicada.
En determinadas circunstancias, el estrés puede ayudarnos a reaccionar, mantenernos alerta y afrontar los desafíos cotidianos. Sin embargo, cuando se prolonga en el tiempo, se vuelve demasiado intenso o sentimos que no disponemos de recursos suficientes para hacer frente a nuestras obligaciones, puede convertirse en un problema que afecta profundamente a nuestra salud física y emocional.
Muchas personas viven con estrés sin ser plenamente conscientes de ello. Se acostumbran a dormir mal, a sentirse irritables, a pensar constantemente en sus problemas o a experimentar una sensación permanente de urgencia. Continúan trabajando, cuidando de su familia y cumpliendo con sus responsabilidades, pero interiormente sienten que están llegando a su límite.
El estrés no siempre se manifiesta mediante una crisis evidente. En ocasiones aparece de forma silenciosa, a través del cansancio persistente, las dificultades para concentrarse, los dolores musculares, la impaciencia, la preocupación excesiva o la sensación de no poder desconectar nunca.
Comprender qué es el estrés, cómo funciona y qué podemos hacer para gestionarlo es fundamental para prevenir sus consecuencias y recuperar el equilibrio psicológico.
1. ¿Qué es el estrés psicológico?
El estrés psicológico es una respuesta física, emocional y mental que aparece cuando una persona percibe que las exigencias de una situación superan, o pueden superar, los recursos que tiene disponibles para afrontarla.
Esta respuesta puede activarse ante acontecimientos externos, como los problemas económicos, las dificultades laborales, los conflictos familiares o una enfermedad, pero también ante procesos internos, como la autoexigencia excesiva, el miedo a equivocarse, la preocupación constante o la necesidad de tenerlo todo bajo control.
Cuando interpretamos una situación como amenazante, incierta o difícil de manejar, el organismo activa una serie de mecanismos destinados a prepararnos para responder. Aumenta el estado de alerta, se producen cambios hormonales y el cuerpo moviliza energía para afrontar lo que considera una demanda importante.
En pequeñas dosis y durante periodos limitados, esta respuesta puede resultar adaptativa. El problema aparece cuando la activación es demasiado intensa, se repite con frecuencia o no encontramos oportunidades suficientes para descansar y recuperarnos.
Es importante comprender que el estrés no depende exclusivamente de lo que sucede, sino también de cómo interpretamos lo que sucede y de los recursos que percibimos para afrontarlo.
Dos personas pueden atravesar una situación similar y experimentar niveles de estrés diferentes. Influyen la personalidad, las experiencias anteriores, el estado de salud, el apoyo social, las circunstancias vitales y las herramientas psicológicas disponibles.
Esto no significa que el estrés sea culpa de quien lo experimenta. Significa que, además de intentar modificar las circunstancias que lo provocan, podemos aprender a cambiar nuestra forma de responder ante ellas.
2. ¿Cuál es la diferencia entre estrés, ansiedad y agotamiento emocional?
Aunque están relacionados, el estrés, la ansiedad y el agotamiento emocional no son exactamente lo mismo.
El estrés suele estar asociado a una demanda o dificultad que la persona percibe como exigente. Por ejemplo, una carga de trabajo excesiva, un examen, una mudanza o un conflicto familiar.
La ansiedad se caracteriza por una sensación de inquietud, temor o anticipación ante una posible amenaza. Puede mantenerse incluso cuando el problema inicial ha desaparecido o cuando no existe un peligro inmediato identificable.
El agotamiento emocional aparece cuando una persona siente que sus recursos afectivos y mentales están muy desgastados. Puede experimentar cansancio profundo, desmotivación, irritabilidad y dificultad para seguir respondiendo a las demandas cotidianas.
Estas experiencias pueden aparecer juntas. Una persona sometida a estrés prolongado puede desarrollar síntomas de ansiedad y terminar experimentando un importante agotamiento emocional.
Sin embargo, no todo estrés implica un trastorno de ansiedad ni todo cansancio emocional indica una enfermedad psicológica. Para comprender qué está ocurriendo es necesario valorar la intensidad, la duración, el contexto y las consecuencias de los síntomas.
3. Tipos de estrés psicológico
El estrés puede clasificarse de diferentes maneras según su duración, intensidad y origen.
Estrés agudo
Es una respuesta puntual ante una situación concreta. Puede aparecer antes de una entrevista de trabajo, al hablar en público, durante un examen o cuando debemos resolver un problema inesperado.
Suele disminuir cuando la situación termina o cuando percibimos que hemos recuperado el control.
Entre sus manifestaciones pueden encontrarse las palpitaciones, la tensión muscular, la sudoración, la inquietud y la dificultad temporal para concentrarse.
Aunque puede resultar desagradable, el estrés agudo no es necesariamente perjudicial. En determinadas circunstancias, puede ayudarnos a reaccionar con rapidez.
Estrés agudo recurrente
Se produce cuando una persona experimenta situaciones de estrés intenso de forma repetida.
Puede ocurrir en personas que viven constantemente con prisas, asumen demasiadas responsabilidades, tienen dificultades para establecer límites o se enfrentan a conflictos frecuentes.
La sensación de urgencia se convierte en una forma habitual de vivir. Incluso durante los momentos de descanso, la persona puede sentir que debería estar haciendo algo más.
Estrés crónico
El estrés crónico aparece cuando la presión se mantiene durante un periodo prolongado y la persona tiene dificultades para recuperarse.
Puede estar relacionado con problemas económicos persistentes, conflictos familiares, sobrecarga laboral, cuidados continuados de un familiar, inseguridad, discriminación o experiencias adversas prolongadas.
También puede mantenerse cuando una persona vive pendiente de posibles errores, anticipa constantemente resultados negativos o siente que debe satisfacer las expectativas de los demás para evitar el rechazo.
El estrés crónico merece especial atención porque puede afectar al sueño, al estado de ánimo, a las relaciones personales, a la concentración y a la salud física.
No existe un plazo único que permita determinar cuándo un estrés se convierte en crónico. Es importante considerar tanto su duración como su intensidad y su impacto en la vida cotidiana.
4. ¿Cuáles son los síntomas del estrés?
El estrés puede manifestarse de formas muy diferentes. Algunas personas experimentan principalmente síntomas físicos; otras, preocupación constante, irritabilidad o dificultades para tomar decisiones. Reconocer estas señales permite intervenir antes de que el malestar aumente.
4.1. Síntomas emocionales
Entre los síntomas emocionales más frecuentes se encuentran:
Irritabilidad y cambios de humor.
Sensación de estar desbordado.
Nerviosismo o inquietud constante.
Impaciencia ante situaciones cotidianas.
Preocupación excesiva por los problemas.
Sensación de pérdida de control.
Frustración cuando las cosas no salen como se esperaba.
Mayor sensibilidad ante las críticas.
Dificultad para disfrutar de actividades que antes resultaban agradables.
Sensación de tristeza o desánimo.
En ocasiones, la persona no identifica que está estresada. Simplemente siente que tiene menos paciencia, que cualquier contratiempo le afecta demasiado o que ha perdido la capacidad de disfrutar de su vida.
4.2. Síntomas cognitivos
El estrés también afecta a la forma de pensar y procesar la información.
Puede provocar:
Dificultades para concentrarse.
Problemas para recordar información.
Pensamientos repetitivos sobre los problemas.
Tendencia a imaginar escenarios negativos.
Dificultad para tomar decisiones.
Sensación de tener demasiadas cosas en la cabeza.
Autocrítica excesiva.
Pensamiento rígido y dificultad para encontrar alternativas.
Necesidad constante de comprobar si todo está bien.
Sensación de no poder desconectar mentalmente.
Una persona estresada puede pasar horas pensando en una conversación, anticipando una discusión o intentando resolver mentalmente todos los problemas que podrían aparecer en el futuro.
Este proceso consume energía y dificulta que la mente descanse, incluso cuando la persona se encuentra físicamente en un lugar tranquilo.
4.3. Síntomas físicos
El organismo también expresa el estrés mediante distintas sensaciones corporales.
Entre las más frecuentes se encuentran:
Tensión muscular, especialmente en cuello, hombros y espalda.
Dolores de cabeza.
Cansancio persistente.
Dificultad para conciliar o mantener el sueño.
Palpitaciones o sensación de aceleración del corazón.
Molestias digestivas.
Cambios en el apetito.
Sudoración excesiva.
Sensación de respiración rápida o superficial.
Bruxismo o tensión mandibular.
Sensación de inquietud física.
Mayor percepción de dolor o malestar corporal.
4.4. Síntomas conductuales
El estrés también modifica nuestros hábitos y comportamientos.
Por ejemplo:
Procrastinar o posponer tareas importantes.
Trabajar más horas de las necesarias.
Aislarse de familiares y amistades.
Discutir con mayor frecuencia.
Comer de forma impulsiva o perder el apetito.
Aumentar el consumo de cafeína, alcohol u otras sustancias.
Abandonar actividades agradables.
Descuidar el ejercicio y el descanso.
Revisar continuamente el teléfono o el correo electrónico.
Evitar situaciones que generan preocupación.
Algunas de estas conductas proporcionan alivio inmediato, pero pueden agravar el problema a largo plazo.
Por ejemplo, una persona que retrasa una tarea por miedo a no realizarla bien puede sentir tranquilidad durante unos minutos. Sin embargo, la tarea continúa pendiente, aumenta la presión y termina generando todavía más estrés.
5. ¿Cuáles son las causas del estrés?
El estrés no suele tener una única causa. Con frecuencia aparece por la combinación de circunstancias externas, características personales, experiencias previas y falta de recursos para afrontar las demandas cotidianas.
5.1. Exceso de responsabilidades
Tener demasiadas obligaciones puede generar una sensación constante de falta de tiempo. Esto ocurre cuando las exigencias laborales, familiares y personales superan la capacidad real de la persona para atenderlas sin sacrificar su descanso y bienestar. La situación se complica cuando existe la creencia de que descansar es una pérdida de tiempo o de que pedir ayuda demuestra debilidad.
5.2. Problemas laborales
La presión en el trabajo constituye una fuente importante de estrés. Puede estar relacionada con plazos poco realistas, jornadas prolongadas, inseguridad laboral, falta de reconocimiento, conflictos con compañeros, acoso laboral o escaso control sobre las propias tareas. No siempre es posible eliminar estas circunstancias mediante técnicas individuales.
En ocasiones es necesario modificar la organización del trabajo, establecer límites o buscar apoyo profesional y laboral.
5.3. Dificultades económicas
La incertidumbre financiera puede generar una preocupación persistente. El miedo a no poder pagar la vivienda, cubrir las necesidades familiares o afrontar una deuda puede mantener a la persona en un estado continuo de alerta.
En estos casos, el abordaje psicológico puede ayudar a manejar la angustia y organizar la respuesta, pero también es importante identificar posibles soluciones prácticas y recursos sociales.
5.4. Conflictos familiares y de pareja
Las discusiones frecuentes, la falta de comunicación, las dificultades en la convivencia, las separaciones y los problemas en la crianza pueden convertirse en fuentes de estrés. Cuando el hogar deja de percibirse como un espacio seguro y reparador, la persona puede tener dificultades para desconectar de los problemas. Las relaciones caracterizadas por el control, las amenazas, la humillación o la violencia requieren una atención específica y medidas de protección cuando sean necesarias.
5.5. Perfeccionismo y autoexigencia
Algunas personas se imponen estándares extremadamente elevados y consideran que cometer errores significa fracasar. Pueden sentir que nunca hacen lo suficiente, que deben demostrar constantemente su valía o que decepcionarán a los demás si no cumplen todas las expectativas. Esta forma de relacionarse con uno mismo puede mantener el estrés incluso cuando las circunstancias externas son relativamente favorables.
Aprender a establecer objetivos realistas y aceptar los errores como parte del aprendizaje puede reducir esa presión.
5.6. Necesidad de control
La incertidumbre forma parte de la vida, pero algunas personas experimentan una gran dificultad para tolerarla. Intentan anticipar todos los resultados, revisar continuamente lo que hacen los demás o evitar cualquier situación que no puedan controlar. El problema es que cuanto más intentan controlar aquello que no depende de ellas, más tiempo y energía dedican a una tarea imposible.
Aprender a diferenciar entre lo que podemos cambiar, lo que podemos influir y lo que debemos aceptar constituye una herramienta importante para gestionar el estrés.
5.7. Cambios vitales y experiencias difíciles
No todo el estrés procede de acontecimientos negativos. Una mudanza, el nacimiento de un hijo, un ascenso laboral, comenzar una relación o iniciar una etapa académica pueden generar presión porque exigen adaptación. También pueden desencadenar estrés las pérdidas, las enfermedades, las separaciones y otras experiencias dolorosas. La intensidad de la respuesta depende de múltiples factores, entre ellos el significado del acontecimiento, los recursos disponibles y el apoyo recibido.
5.8. Falta de descanso y hábitos poco saludables
Dormir poco, mantener horarios irregulares, no disponer de tiempo libre o utilizar constantemente dispositivos electrónicos puede dificultar la recuperación física y mental. Asimismo, el exceso de cafeína, el consumo de alcohol y la falta de actividad física pueden empeorar algunos síntomas. Estos factores no explican todos los casos de estrés, pero pueden contribuir a mantenerlo.
6. ¿Qué ocurre en el cerebro y en el cuerpo cuando sentimos estrés?
Cuando percibimos una amenaza o una exigencia importante, el cerebro activa sistemas que preparan al organismo para responder. El sistema nervioso autónomo participa en la regulación de funciones como el ritmo cardíaco, la respiración y la actividad digestiva. En situaciones de alerta, aumenta la activación fisiológica y el cuerpo moviliza recursos para afrontar la demanda. También interviene el sistema hormonal relacionado con la respuesta al estrés, en el que participan el hipotálamo, la hipófisis y las glándulas suprarrenales. Este sistema contribuye a regular la liberación de cortisol, una hormona necesaria para numerosas funciones del organismo.
El estrés no es, por tanto, una invención ni una señal de debilidad personal. Es una respuesta biológica real. Sin embargo, cuando la activación se mantiene durante demasiado tiempo, puede dificultar el sueño, alterar los hábitos alimentarios, aumentar la tensión muscular y afectar al funcionamiento cotidiano.
La relación entre estrés y salud es compleja. No todas las personas reaccionan de la misma manera y no todos los síntomas tienen una única causa. Por eso es importante evitar tanto la idea de que el estrés no tiene consecuencias como la creencia de que cualquier problema físico o psicológico se debe necesariamente a él.
7. Consecuencias del estrés prolongado
Cuando el estrés se mantiene sin una recuperación suficiente, puede repercutir en distintas áreas de la vida.
Efectos sobre la salud física
El estrés prolongado puede contribuir a problemas de sueño, tensión muscular, cefaleas y molestias digestivas. También puede influir en conductas que afectan a la salud, como el sedentarismo o el consumo excesivo de sustancias. La exposición prolongada a factores estresantes se relaciona con alteraciones en diversos sistemas fisiológicos. No obstante, esto no significa que el estrés provoque inevitablemente una enfermedad concreta.
Efectos sobre la salud emocional
El estrés persistente puede favorecer la aparición o el empeoramiento de síntomas de ansiedad y depresión en personas vulnerables. También puede reducir la sensación de eficacia personal, aumentar la irritabilidad y hacer que la persona interprete las dificultades como problemas insuperables. Cuando la situación se prolonga, puede aparecer una sensación de agotamiento que dificulta encontrar soluciones y pedir ayuda.
Efectos sobre las relaciones personales
Una persona sometida a mucha presión puede tener menos paciencia, interpretar comentarios neutros como críticas o reaccionar de manera desproporcionada ante pequeños conflictos. También puede aislarse porque siente que no tiene energía para relacionarse. Esto puede generar un círculo negativo: el estrés deteriora las relaciones y la falta de apoyo incrementa el estrés.
Efectos sobre el trabajo y los estudios
La preocupación constante y la falta de sueño pueden dificultar la concentración, la memoria y la toma de decisiones. Como consecuencia, algunas tareas requieren más tiempo, aparecen errores y aumenta la sensación de no llegar a todo. Si la persona responde trabajando todavía más horas, puede agravar el agotamiento y perpetuar el problema.
8. ¿Cómo saber si el estrés está empezando a convertirse en un problema?
Una pregunta útil no es únicamente cuánto estrés sentimos, sino cuánto está afectando a nuestra vida.
Conviene prestar atención cuando:
Nos cuesta descansar incluso cuando tenemos tiempo libre.
Dormimos mal de manera frecuente.
Estamos irritables casi todos los días.
Sentimos que no podemos detener nuestros pensamientos.
Descuidamos nuestras necesidades básicas.
Dejamos de disfrutar de actividades importantes.
Nuestras relaciones se deterioran.
Necesitamos alcohol u otras sustancias para relajarnos.
Tenemos dificultades para cumplir con nuestras responsabilidades.
Sentimos que la situación nos supera y no sabemos cómo afrontarla.
No es necesario esperar a tocar fondo para pedir ayuda. La intervención temprana puede facilitar la recuperación y prevenir que el malestar se intensifique.
Tampoco existe una prueba sencilla que permita diagnosticar el estrés crónico por sí sola. Si los síntomas persisten o interfieren significativamente en la vida cotidiana, un profesional sanitario puede ayudar a identificar qué está ocurriendo.
9. Tratamiento psicológico del estrés
El tratamiento depende de las causas, la intensidad de los síntomas, las circunstancias personales y la presencia de otros problemas de salud. En muchos casos, el objetivo no consiste en eliminar todas las situaciones difíciles, sino en reducir la sobrecarga, mejorar la capacidad de afrontamiento y recuperar una sensación de equilibrio.
9.1. Terapia cognitivo-conductual
La terapia cognitivo-conductual es uno de los enfoques psicológicos utilizados para trabajar con problemas relacionados con el estrés. Ayuda a identificar la relación entre pensamientos, emociones, sensaciones físicas y comportamientos.
Por ejemplo, una persona puede interpretar un error laboral como una prueba de que no sirve para su trabajo. Esa interpretación puede aumentar la ansiedad, dificultar la concentración y llevarla a revisar la tarea de forma excesiva.
En terapia se trabaja para identificar ese patrón, examinar la evidencia, desarrollar interpretaciones más equilibradas y practicar conductas más útiles.
Entre sus objetivos pueden encontrarse:
Reducir la preocupación excesiva.
Aprender a resolver problemas.
Modificar patrones de pensamiento poco útiles.
Mejorar la organización y la gestión del tiempo.
Afrontar situaciones evitadas.
Desarrollar habilidades para manejar las emociones.
9.2. Técnicas de relajación
Las técnicas de relajación pueden ayudar a reducir la activación física asociada al estrés. Entre ellas se encuentran la respiración lenta y cómoda, la relajación muscular progresiva y determinados ejercicios de visualización.
Una práctica sencilla consiste en sentarse en una posición cómoda, relajar los hombros y respirar suavemente, procurando que la espiración sea algo más larga que la inspiración, siempre sin forzar el aire. Puede practicarse durante unos minutos y detenerse si produce mareo o incomodidad.
Estas técnicas son herramientas complementarias. No solucionan por sí solas una sobrecarga laboral, una situación de violencia o un problema económico, pero pueden ayudar a regular la respuesta corporal mientras se buscan soluciones.
9.3. Atención plena o mindfulness
El mindfulness consiste en entrenar la atención al momento presente con una actitud de observación y menor juicio. En situaciones de estrés, la mente puede permanecer atrapada en acontecimientos pasados o en posibles problemas futuros. La práctica de la atención plena ayuda a reconocer esos pensamientos sin tener que responder automáticamente a cada uno de ellos.
Por ejemplo, en lugar de interpretar una preocupación como una certeza, la persona puede aprender a reconocerla como un pensamiento que está experimentando. Esta habilidad puede contribuir a mejorar la regulación emocional, aunque sus efectos varían entre personas y no sustituye un tratamiento individualizado cuando es necesario.
9.4. Entrenamiento en solución de problemas
Algunas situaciones estresantes mejoran cuando se convierten en tareas concretas y manejables. La intervención puede incluir identificar el problema, distinguir los aspectos controlables, generar alternativas, valorar sus consecuencias y elegir el siguiente paso posible. Si una persona se siente desbordada por sus obligaciones, por ejemplo, puede ser más útil priorizar tres tareas realistas, negociar plazos y solicitar apoyo que intentar resolver mentalmente todo a la vez.
9.5. Trabajo sobre los límites personales
Aprender a decir que no, negociar responsabilidades y pedir ayuda puede ser esencial cuando el estrés está relacionado con la sobrecarga. Establecer límites no significa desentenderse de los demás. Significa reconocer que el tiempo, la energía y la capacidad de cada persona son limitados. En terapia se pueden practicar formas de comunicación asertiva para expresar necesidades sin recurrir a la agresividad ni renunciar sistemáticamente a los propios intereses.
9.6. Terapias basadas en la aceptación
Algunos enfoques terapéuticos ayudan a desarrollar una relación más flexible con los pensamientos y emociones difíciles. En lugar de dedicar toda la energía a intentar eliminar la preocupación o controlar cada sensación desagradable, la persona aprende a reconocerlas y a actuar de acuerdo con sus valores. Esto puede resultar especialmente útil cuando parte del malestar procede de luchar continuamente contra la incertidumbre o de intentar evitar cualquier emoción incómoda.
9.7. ¿Cuánto dura el tratamiento psicológico?
No existe una duración universal. Algunas personas pueden beneficiarse de una intervención breve centrada en un problema concreto. Otras necesitan un proceso más prolongado, especialmente cuando existen dificultades persistentes, experiencias traumáticas, problemas de salud mental asociados o circunstancias externas difíciles de modificar. La duración depende de la evaluación profesional, los objetivos acordados y la evolución de cada persona.
10. ¿Cuándo es recomendable acudir a un psicólogo?
Pedir ayuda psicológica puede ser útil cuando el estrés empieza a interferir en la vida cotidiana o cuando las estrategias personales ya no son suficientes.
Es recomendable consultar si:
La preocupación ocupa gran parte del día.
Los problemas de sueño se mantienen.
Existe irritabilidad o tristeza persistente.
Las relaciones personales se están deteriorando.
Resulta difícil concentrarse o cumplir las responsabilidades.
Se utilizan sustancias para intentar controlar el malestar.
Se experimenta una sensación continua de agotamiento.
La persona siente que ha perdido el control de su vida.
Los síntomas no mejoran a pesar de intentar descansar y cambiar los hábitos.
No es necesario esperar a que los síntomas sean graves. La psicología también puede ayudar a prevenir problemas, desarrollar habilidades de afrontamiento y mejorar la calidad de vida.
Un psicólogo sanitario o clínico puede evaluar las dificultades, identificar los factores que mantienen el estrés y proponer un tratamiento adaptado a las necesidades de cada persona.
Si aparecen síntomas físicos preocupantes, conviene consultar también con un médico. Un dolor torácico intenso o nuevo, especialmente si se acompaña de dificultad para respirar, desmayo o sudor frío, requiere atención médica urgente y no debe atribuirse automáticamente a la ansiedad o al estrés.
Si el malestar emocional incluye pensamientos de suicidio o de hacerse daño, es importante buscar ayuda inmediata. En España se puede llamar al 112 ante una emergencia; también existe el teléfono 024 para atención a personas con pensamientos o riesgo de conducta suicida.
11. ¿Se necesita medicación para tratar el estrés?
El estrés no requiere automáticamente tratamiento farmacológico.
En muchos casos, las intervenciones psicológicas, los cambios en las condiciones que generan sobrecarga y la mejora de los hábitos de descanso son suficientes para producir una mejoría significativa. Sin embargo, cuando existen síntomas intensos, problemas importantes de sueño u otros trastornos asociados, un médico o psiquiatra puede valorar las opciones disponibles. La medicación debe indicarse de acuerdo con una evaluación clínica individualizada. No es recomendable automedicarse ni utilizar medicamentos de otras personas para dormir o relajarse. Si los síntomas son persistentes, también conviene descartar causas físicas que puedan estar contribuyendo al malestar.
12. Conclusión: aprender a escuchar lo que el estrés nos está diciendo
El estrés es una respuesta natural ante las exigencias de la vida, pero no debemos normalizar vivir permanentemente agotados, preocupados o en estado de alerta.
En ocasiones, el estrés nos señala que necesitamos descansar, reorganizar nuestras prioridades o aprender nuevas formas de afrontar los problemas. En otras, nos muestra que estamos intentando sostener demasiadas responsabilidades o que vivimos en unas circunstancias que requieren cambios más profundos.
No siempre es posible eliminar las dificultades, pero sí podemos aprender a reconocer nuestras señales de alarma, pedir ayuda y desarrollar recursos para responder de una manera más saludable.
Cuidar la salud mental no consiste en ser capaz de soportarlo todo ni en mantener una actitud positiva en cualquier circunstancia. También significa reconocer nuestros límites, respetar nuestras necesidades y aceptar que no tenemos que resolverlo todo solos.
La intervención psicológica, los hábitos saludables, el apoyo social y los cambios en las condiciones que generan sobrecarga pueden contribuir a recuperar el bienestar.
Aprender a gestionar el estrés no significa evitar todas las dificultades, sino desarrollar la capacidad de afrontarlas sin perder de vista nuestra salud, nuestras necesidades y nuestra calidad de vida.
Porque cuidar de uno mismo no es una recompensa que debemos esperar hasta terminar todas nuestras obligaciones. Es una necesidad que merece formar parte de nuestra vida cotidiana.
13. Bibliografía
Saavedra, C. (2022). Eustrés y distrés: Revisión sistemática de la literatura. Cuadernos Hispanoamericanos de Psicología, 22(2), 1–9. https://doi.org/10.18270/chps..v22i2.4415
Jurado-Botina, L., Montero-Bolaños, C., Carlosama-Rodríguez, D., & Tabares-Díaz, Y. (2022). Estrés académico en estudiantes universitarios de Iberoamérica: Una revisión sistemática. Cuadernos Hispanoamericanos de Psicología, 2021(2), 1–18. https://doi.org/10.18270/chps..v2021i2.3917
Díaz Medina, S., Martínez Pelayo, M., Vázquez Pelayo, E., & Moreno-Coutiño, A. B. (2023). Revisión sistemática: El cortisol salival, un biomarcador de estrés. Revista Mexicana de Investigación en Psicología, 15(1), 33–48. https://doi.org/10.32870/rmip.v15i1.609
Vázquez Pelayo, E., Díaz-Medina, S., Martínez-Pelayo, M., & Moreno-Coutiño, A. (2024). El estrés agudo y electroencefalograma en hombres adultos: Una revisión sistemática. Journal of Behavior, Health & Social Issues, 16(2). https://doi.org/10.25009/pys.v34i2.2910
Martínez Pelayo, M., Vázquez Pelayo, E., Díaz Medina, S., & Moreno Coutiño, A. B. (2024). El registro electroencefalográfico y el cortisol salival en el estudio del estrés: Una revisión sistemática. Psicología y Salud, 34(2). https://doi.org/10.25009/pys.v34i2.2910
info@javiergarciadelacruz.com
614 31 80 95
© 2025. Javier García de la Cruz
C\ Agustín de Iturbide 4, 28043 Madrid

